Macrocosmos y microcosmos en el dolmen de Alberite

Aún es de noche pero el cielo comienza a clarear. Al este se recortan algunas montañas que delimitan una vasta llanura salpicada de árboles. La mañana se ha levantado fresca, pero no tardará en volver la flama del estío. Por lo demás, el silencio ocupa el resto de un lugar en un tiempo que parece ausente y que podría haber pertenecido a cualquier otro momento de siete mil años atrás. Sigo aguardando la llegada del fiat divino en un horizonte bien delimitado por los dos menhires que flanquean la entrada del dolmen, un segmento de mundo preparado para escenificar el primer drama cósmico. A la izquierda, el menhir boaz señalaba la salida del sol durante el solsticio de verano. A la derecha, el menhir jakin marcaba con una precisión exquisita el orto en el equinoccio. El segmento sería la unidad, el todo, el caldo primigenio o Caos primordial que contenía todo el Universo en su seno, aunque informe y sumido en la oscuridad a la espera de la llamada del verbo. Seguir Leyendo