El dragón babilonio

Nabucodonosor

Ya sea desde el punto de vista del escepticismo científico o de las pasiones de un amante de la ficción fantástica, a la mayor parte de nuestros contemporáneos les resultaría ridículo entablar un debate sobre la verdadera naturaleza de los dragones, su acecho y captura. No se trata aquí de falta de imaginación, ni de capacidad de naturalización de viejas fantasías, ni tampoco de un ejercicio de criptozoología o de análisis junguiano. El problema para emprender esta discusión es que se ha olvidado el sentido real que guarda la existencia tangible de estas fabulosas criaturas.

Gran parte de la culpa de este olvido la tiene la separación entre arte y filosofía que ha conducido durante las últimas décadas a una reiterada producción artística vacua; así como el excepcional atractivo del dragón como recurso dramático o simple adorno que lo ha devaluado por su propia grandeza. En este sentido y si, como hemos dicho, un dragón es algo muy concreto, físico, se entenderá evidente que el arte no debería representarlo de cualquier modo ni en cualquier lugar, ni dotarlo de un color cualquiera ni hacerlo actuar de cualquier manera. La realidad manda y obliga. De otra forma sería como pintar elefantes verdes revoloteando por la luna en busca de mariposas.

San Jorge y el dragón
“San Jorge y el dragón”. Vittore Carpaccio (1502).

El dragón es un principio activo, es una estado concreto de la materia, un paradigma filosófico que hay que conocer para saberlo usar ya que, si no se conoce, al invocarlo se pueden generar multitud de errores o reproducir alguno de los frecuentes anacronismos que pululan por tantas películas supuestamente históricas en las que lo mismo aparece en la guerra de Troya (siglo XIII a.C.) un soldado vestido como un hoplita del siglo VII a.C., que un vikingo en la Escandinavia del siglo VIII blande una falcata ibérica del siglo IV a.C. Nuestra alarma podría parecer exagerada, pero si a la hora H se viera desembarcar en la Normandía del día D un escuadrón de arcabuceros españoles, se acabaría de un plumazo con la fidelidad del relato histórico. Si los demás casos no resultan tan llamativos será entonces por falta de conocimiento del espectador y por la voluntad manifiesta de muchos creadores actuales de anteponer lo estético a lo correcto. Números, colores, formas, monstruos que solo se usan como mero atrezo. Albergamos la certeza de que existe una clara intención por la banalización y la simplificación de los conceptos filosóficos que deberían sustentar cualquier obra artística con la lamentable excusa de que, de otra forma, se dificultaría el acceso a una gran parte del público; lo que provoca una devaluación de la obra y un progresivo empobrecimiento intelectual tanto de los creadores como de nuestro legado cultural. Esta premisa de acceso al «gran público» se inserta diabólicamente en un modelo de economías de escala, donde el arte es un bien de consumo más que debe ser producido y consumido en masa para generar beneficios, en el que todo está regido por la ley de la oferta y la demanda, por lo que se aboca sin remedio a una producción artística vacua y estéril.

Retornando al caso del dragón como muestra de alegoría de un estado físico concreto, se trata de una criatura de aspecto reptiliano, primitivo, primordial. Ya presente dos (guiverno) o cuatro patas, son fuertes y prensiles, como las de una rapaz. Normalmente tienen alas membranosas, similares a las de los murciélagos. La piel, escamosa e impenetrable, resulta una coraza formidable. Su interior es ígneo, exhala humo de sus entrañas y vomita fuego. No resulta demasiado complicado identificar en estas cuatro propiedades una metáfora de los cuatro elementos que se resuelven en él. El dragón es, por lo tanto, la representación del Caos primigenio, así como del Caos que prepara el filósofo en su laboratorio. Se trata de una sustancia que, extraída de la naturaleza, ya sea de una floresta virgen o de unas montañas remotas y salvajes, consigue manifestar en su esencia los cuatro elementos de una manera equipotencial tal y como ocurre en el Caos primigenio. El dragón podrá ser de color negro como sugiere el Caos filosófico; verde, como materia inmadura capaz de evolucionar y que es la imagen viva de la sustancia que el alquimista ha de obtener como materia primera a partir de su materia prima; o rojo, ya maduro y cargado de poder ígneo.

Por lo tanto, la primera tarea del filósofo será encontrar dónde habita el dragón y de qué forma llamar su atención. Para ello son muy útiles las leyendas antiguas, bien trazadas por la ciencia, donde el dragón era un concepto filosófico dentro de una historia con sentido natural, y no la terrible montura de un guerrero despiadado. En estos mitos el dragón se suele hallar en un encinar o en un robledal y está anclado, fijo a él por diferentes motivos. Normalmente los habitantes de los contornos se ven obligados a proveer a la bestia con jóvenes –vírgenes– a cambio de sosiego, un pago que concluye con la acción del héroe, que atraviesa al monstruo con algún objeto punzante y acto sentido brota un manantial de agua cristalina, un agua de vida. También es habitual que guarde tesoros y resida ­­en él –o infunde– una gran sabiduría; alegorías evidentes de los dones que proporciona la piedra filosofal: el elixir de larga vida, el polvo de proyección y la ciencia infusa o conocimiento universal.

“Cadmo mata al dragón”. G. Rijckius, Robert de Baudous (1615).

«Aprended pues quiénes son los compañeros de Cadmo, cuál es la serpiente que los devoró y cuál es esta encina hueca donde Cadmo traspasó a la serpiente. Sabed quiénes son las palomas de Diana, que venció al león aplacándolo; este león verde que es realmente el dragón babilonio que todo mata con su veneno. Sabed finalmente qué es el Caduceo de Mercurio, con el que opera maravillas, y quiénes son estas ninfas a las que instruye encantándolas, si queréis alcanzar el objeto de vuestros deseos». Ireneo Filaleteo, La entrada abierta al palacio cerrado del rey.

Domingo de Soto

Domingo de Soto (Segovia, 1494 – Salamanca, 1560) fue un fraile dominico, profesor universitario y jurista con una brillante carrera académica cuya obra, prácticamente desconocida en la actualidad, tuvo gran importancia entre sus contemporáneos, no en vano fue el primero en describir que un cuerpo en caída libre sufre una aceleración constante, de manera que su Teoría del movimiento uniformemente acelerado y la caída de los graves es un precedente claro de la «gravedad» que no sería descrita por Newton hasta un siglo más tarde. De Soto, en su libro Quaestiones super octo libros physicorum Aristotelis (1551), aborda el asunto de una manera sencilla y alejada de ambigüedades: «este tipo de movimiento propiamente sucede en los graves naturalmente movidos y en los proyectiles. Donde un peso cae desde lo alto por un medio uniforme, se mueve más veloz en el fin que en el principio. Sin embargo el movimiento de los proyectiles es más lento al final que al principio: el primero aumenta de modo uniformemente disforme, y el segundo en cambio disminuye de modo uniformemente disforme». De esta manera relaciona dos aspectos básicos de la física, por un lado el movimiento uniformemente acelerado y por otro la caída de graves, lo que le lleva a clasificar los movimientos en tres tipos:

  1. Movimiento uniforme respecto al tiempo: «Es aquel por el que el mismo móvil en iguales intervalos de tiempo recorre iguales distancias, como se da perfectamente en el movimiento extremadamente regular del cielo».
  2. Movimiento disforme con respecto al tiempo: «Es aquel por el cual, en partes iguales de tiempo son recorridas distancias desiguales, o en tiempos desiguales, espacios iguales».
  3. Movimiento uniformemente disforme con respecto al tiempo: «Es el movimiento de tal modo disforme, que si dividimos según el tiempo, la velocidad de el punto medio de la proporción excede la velocidad de el extremo más lento lo que es excedida por el más rápido.

»El movimiento uniformemente disforme respecto al tiempo es aquel cuya disformidad es tal, que si se le divide según el tiempo, es decir, según las partes que se suceden en el tiempo, en cada parte del movimiento del punto central excede del movimiento extremo el menor de esa misma parte en cantidad igual a aquella en la que él mismo es superado por el movimiento extremo más intenso».

La obra de Domingo de Soto se publicó en diferentes lugares de la Europa renacentista que se abría hacia la ciencia moderna, conteniendo pensamientos originales muy avanzados para la época y que iluminarían los estudios de Benedetti, Galileo o Newton entre otros.

Domingo de Soto, miembro destacado de la Escuela de Salamanca, a nuestro parecer carece injustamente, como tantos otros autores, del reconocimiento que merece por una falta de publicidad de sus obras por parte de quienes debían haberlo leído y estudiado a su debido tiempo […] pero optaron por glorificar los éxitos de otros autores de lugares menos reñidos con su vanidad.

Francisco de la Barca Maldonado

Contemporáneo de Domingo de Soto, asimismo dominico y estudioso de Filosofía Natural, Francisco de la Barca Maldonado (Jerez de la Frontera, 1496(9) – 1572), sufrió la imposición de clausura y cese de la docencia en las órdenes monásticas dictada por Isabel I de Castilla que lo obligaría a formarse, como otros de su tiempo, en el colegio de San Gregorio de Valladolid. Fue una persona muy admirada por sus conocimientos y, entre otras actividades, destacan el haber sido consejero de los duques de Medina Sidonia, primer rector de la Universidad de Almagro y su docencia en Artes y Teología en Jerez.

Fachada del Palacio de Riquelme
Fachada del Palacio de Riquelme. Jerez de la Frontera (s.XVI).

Sirva esta y la referencia anterior a Domingo de Soto y la Escuela de Salamanca para entender que la Castilla de principios del XVI era un lugar donde se atesoraba un profundo conocimiento –de diversos orígenes, en gran parte de conversos– y que la orden de Predicadores era uno de los cauces por el que fluía este saber en un Siglo de Oro que brilló mucho más allá de las Artes y con voz propia en la Ciencia. Y Francisco de la Barca Maldonado era uno de esos cauces por el que discurría el conocimiento como evidencian las magníficas obras herméticas renacentistas que aún conserva el centro histórico de Jerez de la Frontera. Una de ellas, la más representativa, el palacio de Riquelme, ofrece un extraordinario relato alquímico de gran originalidad, rigor y erudición. Estamos ante una obra de primera magnitud en el patrimonio alegórico del renacimiento europeo.

George Starkey

Pero antes hablemos de George Starkey. Nacido hacia 1628 en Bermudas (territorio británico de ultramar en el mar Caribe descubierto por el onubense Juan Bermúdez en 1505), comenzó a estudiar química desde joven, matriculándose en 1643 en el Harvard College. Durante su vida mantuvo correspondencia con Robert Boyle y Samuel Hartlib, y dejó abundante documentación referente a la práctica de laboratorio; textos de gran valor para los amantes del Arte recopilados en 2004 por William R. Newman y Lawrence M. Principe y publicados por la Universidad de Chicago. Se piensa que falleció en la Gran Plaga de Londres de 1665.

Algunos estudiosos creen que tras George Starkey se esconde el seudónimo Ireneo Filaleteo; alquimista de cabecera de Isaac Newton, quien guardaba con gran aprecio una copia de la carta de Starkey a Boyle de abril/mayo de 1651, célebre por albergar «la clave».

Convendría al investigador contrastar las notas de Starkey, escritas con claridad y con un lenguaje científico ajeno a alegorías, con las imágenes simbólicas trazadas por Filaleteo para identificar los actores químicos de la obra, una descripción del proceso que coincide con la plasmada en la portada del palacio de Riquelme un siglo atrás: «Toma cuatro partes de nuestro Dragón ígneo que esconde en su vientre el Acero mágico y nueve partes de nuestro Imán; mézclalas con la ayuda del tórrido Vulcano, en forma de agua mineral donde flotará una espuma que debe ser apartada. Rechaza la cáscara y escoge el Núcleo, púrgalo tres veces por el fuego y la sal, lo que se hará fácilmente si Saturno ha reconocido su imagen en el Espejo de Marte». Ireneo Filaleteo, La entrada abierta al palacio cerrado del rey. Por su parte, Starkey también recordaba que había que tomar «de nuestra tierra 9 onzas, y de marte 4 onzas (que es la verdadera proporción) […]» en una operación similar a la descrita por Filaleteo.

¿Nos habrá legado este Georges, agricultor –γεωργος– celeste, la clave de la estrella (star key) de los sabios? Quizás fue así, no obstante un siglo antes en Castilla, al igual que se habían adelantado a la descripción de la gravedad, también habían dejado plasmada «la clave» y el dragón babilonio en la fachada de una casa señorial de la «muy noble y muy leal ciudad de Xerez de a Frontera».

Palacio de Riquelme

Morada filosófica construida en Jerez de la Frontera en 1542 por encargo de Hernán Riquel, trazada por Fernando Álvarez, alarife de la ciudad que por aquel entonces había ejecutado encargos de marcada carga filosófica diseñados por Francisco de la Barca Maldonado, prior de los dominicos de la ciudad.

Trazos de Riquelme
Trazos básicos de Riquelme. El círculo, el cuadrado, el triángulo y el rectángulo 4:9.

El esquema principal del edificio, que ya comentamos largamente junto con otros edificios de la ciudad en Alquimia en Jerez, es un cuadrado, el cuaternario material, inscrito en un círculo, la perfección de los cielos, que se elevan a quintaesencia por la tríada filosófica. La fachada delimita asimismo un rectángulo de proporción 4:9, la misma proporción que establece entre los 4 personajes alegóricos de los tondos que flanquean la puerta frente a los 9 que decoran el friso.

La fachada es un compendio completo de la Gran Obra. Materias, procesos y resultados son descritos con exquisito detalle de manera que su luz sirvió de inspiración a otros tantos edificios que reproducirían estos mismos motivos en siglos posteriores convirtiendo la ciudad de Jerez de la Frontera en un lugar privilegiado para el hermetista por su densidad de edificios filosóficos.

Entre todos los motivos nos detendremos esta vez en la figura de Nabucodonosor, rey de Babilonia, un bello relieve cuyos elementos alegóricos se encuentran en su casco, donde un hombre con piernas de ofidio se arrastra como las serpientes que lo acompañan a cada lado. Más arriba, dos dragones alados escupen fuego. El Libro de Daniel narra las pasiones y locura de Nabucodonosor, que pasa de glorificar a Dios a ser quitado de su reino, a morar con las bestias del campo y comer «hierba como los bueyes, y su cuerpo se empapó del rocío del cielo, hasta que llegaron a crecerle los cabellos como plumas de águila, y las uñas como las de las aves de rapiña». No obstante la cita bíblica, el escultor ha querido en este caso aproximar la nueva naturaleza adoptada por Nabucodonosor no a la de un buey, sino a la de una serpiente azorada por el aliento del dragón; de esta forma tan elocuente se manifiesta cómo el metal inerte logra deshacerse de sus lastres para renacer en forma de una sustancia nueva, revivificada, gracias al aliento ígneo de la bestia.

El dragón babilonio
Mushussu
Mushussu, el dragón babilonio en la Puerta de Istar (575 a.C.).

Mushussu, el dragón rojo, fue asociado en origen al dios Ninazu de la ciudad sumeria de Esnunna, la tradición acadia lo adoptó como símbolo del gran dios Marduk. Se le representaba como una criatura escamosa con patas delanteras de león y traseras de águila, con cuello largo, lengua de serpiente y cresta, como se puede aún apreciar en la Puerta de Istar. Daniel, el profeta bíblico, narra que en un templo dedicado a Bel (Marduk–Baal), el dios de Nabucodonosor, se enfrentó a la criatura por desafiar las creencias de los sacerdotes, a la que dio muerte envenenándola.

El carácter dual del dragón se hace muy evidente, así como su naturaleza ponzoñosa y ctónica. Se trata de una materia que debe ser vencida para sacar a relucir el verdadero espíritu divino.

Este estrecho vínculo entre el dragón babilonio y el rey Nabucodonosor es lo que inspira el tondo tallado por Fernando Álvarez en Riquelme según, posiblemente, el diseño de Francisco de la Barca Maldonado. Una imagen de cuya meditación y nexos se transcribe una operación química muy concreta y bien especificada, con sus reactivos, proporciones y temperatura de operación.

También Nicolas Flamel (Pontoise, 1330 – París, 1418) menciona al dragón babilonio en su Libro de las figuras jeroglíficas: «De estos dos Dragones o Principios metálicos, ya he dicho en mi Sumario, que el enemigo quemaría con su ardor el fuego del enemigo, y que si se prestaba atención, se observaría en el aire un humo venenoso y maloliente, peor en fuego y veneno que la cabeza venenosa de una serpiente y del dragón babilonio. Te he pintado esos dos espermas en forma de dragones, debido a que su hedor es muy grande, como el de los dragones; y las exhalaciones que suben en el matraz son oscuras, negras, azules y amarillentas, como lo son esos dos dragones pintados; y su fuerza como la de los cuerpos disueltos, es tan venenosa que nada en el mundo hay más venenoso; pues con su fuerza y hedor es capaz de matar todo lo viviente».

“Nabucodonosor” (1795-c. 1805) por William Blake (1757-1827).

Asimismo lo menciona Fulcanelli en su Misterio de las Catedrales a propósito de su comentario del pilar de San Marcelo (Saint Marcel, mars–sel) de Notre Dame de París, centrado en la vía seca: «Después de la elevación de los principios puros y coloreados del compuesto filosófico, el residuo se halla ya en condiciones de proporcionar la sal mercurial, volátil y fusible, a la cual dieron a menudo los antiguos autores el epíteto de Dragón babilónico».

Cadmo
Cadmo y Harmonía
“Cadmo y Harmonía”. Evelyn de Morgan (1877)

Cadmo viajaba en busca de su hermana, Europa, que había sido raptada por Zeus. Cuando llegó a Delfos, el oráculo de Apolo le dijo que cubriera sus ojos y que saliese por cualquier puerta, que tomara una dirección cualquiera que fuese y que cuando viera una vaca con la luna en su cara la siguiera hasta que cesara en su camino. Allí debía fundar su casa, porque aquella sería su tierra. Cadmo hizo caso del oráculo y, al salir, se cruzó con una vaca con una mancha en la cara como una luna con los cuernos hacia abajo, la siguió durante tres días hasta que el animal falleció de cansancio. En aquel lugar fundaría su nación y quiso agradecérselo a los dioses con una hecatombe, por lo que ordenó a sus hombres que le trajeran agua, pero la fuente estaba guardada por un dragón. Cadmo acudió con sus hombres y mató al dragón. Pero la bestia era de Ares, al igual que aquel bosque sagrado, y el dios montó en cólera. Zeus serenó al dios de la guerra y mandó a Atenea a asistir a Cadmo. La diosa le indicó que debía plantar los dientes del dragón aquella misma noche y que vería nacer de ellos cientos de fieros guerreros. Debía ocultarse, pues lo matarían de encontrarlo, luego comenzarían a luchar entre ellos. Cuando quedaran pocos y exhaustos tendría que salir de su escondite para vencerlos y obtener así los mejores y más fieles guerreros con los que podría soñar. Así fue como Cadmo se ganó el favor de Equión y Ctonio (nombre que significa de la tierra o inframundo, también es el nombre de uno de los centauros asesinado por Néstor en la boda de Piritoo e Hipodamía, escena representada en Riquelme en el casco de la reina Camila frente al tondo de Nabucodonosor).

Más tarde Cadmo aceptaría como esposa a Harmonía (Concordia para los romanos, que es además la figura central del friso de Riquelme), que era hija de Ares y, después de diversas aventuras entre las que se incluye una bajada al inframundo, ambos fueron transformados en serpientes y llevados a los Campos Elíseos.

 

Frontispicio de “El triunfo hermético” de Limojon de Saint-Didier.

Basten estas escenas para describir esta operación oculta y necesaria para el buen fin de la Obra. Cualquiera que sea amante de los enigmas herméticos estará acostumbrado a estos peculiares vínculos entre filósofos de todo tiempo y lugar. Relatos independientes que conforman un mensaje complementario entre obras muy dispares y en apariencia inconexas, que albergan la intuición de un gran plan trazado para hacerlos impenetrables a la mayoría al tiempo que desvelan oportunos secretos a solo unos pocos; un misterio tan profundo como universal.

Saulo Ruiz Moreno
10 de junio de 2019
Lunes de Pentecostés
Veni, Sancte Spiritus

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