La materia según Grimaldy

Hace algunos años cayó en mis manos una obra extraordinaria, Ouvres posthumes de M. de Grimaldy, Obras póstumas de un médico francés nacido hacia 1623 y fallecido entre 1717 y 1723, que serían compendiadas por E. Jourdan de Pellerin y publicadas en París en 1745. Hay pocos datos biográficos sobre estos autores, aunque con estos tratados nunca se sabe qué es histórico y qué pertenece a la arquitectura jeroglífica del texto. Dejaremos al lector la tarea de evaluar los sugerentes juegos de palabras que evocan los nombres de Grimaldy, le roi de Sardaigne –sardine ignée, sardina ígnea–, le duc de Savoie –sa voie, su vía– o E. Jourdan de Pellerin –pèlerin, peregrino–, a sabiendas de los frecuentes artificios cabalísticos que encierran este tipo de obras y el gusto por los pseudónimos al que acostumbran los filósofos; y ciertamente el mensaje estaba bien oculto, no en vano, sin ninguna otra pista el libro habría pasado desapercibido. A priori el volumen aparentaba ser un vetusto recetario médico con poco interés más allá de la curiosidad histórica de la manera en que se elaboraban remedios farmacológicos siglos atrás. Pero la obra escondía algo más que unas fórmulas magistrales, como ya nos lo había advertido Eugène Canseliet en su libro L’Alchimie expliquée sur ses textes classiques en el capítulo dedicado a “La sal de los filósofos”, que «el Maestro ­–Fulcanelli– poseía, entre los libros de su muy rica biblioteca, el del médico Denis de Copponay de Grimaldy, que estuvo ligado a la persona del rey de Cerdeña. Como había sido un espagirista sin más, especialmente iatroquímico, se había mostrado sobre todo con una extrema imprudencia, por lo que el filósofo del Misterio de la Catedrales y de Las Moradas Filosofales no lo cita, tampoco su libro, por lo demás raro y casi desconocido.

»No tomaremos la responsabilidad de hablar, hoy, más de lo que Copponay tomó sobre sí la autorización temeraria, hará pronto trescientos años, cuando en este punto capital de la Ciencia, del que el maestro Fulcanelli resolvió no tratar con la mayor sabiduría. Es por lo que nos contentaremos con tomar, del capítulo “Del salitre o nitro”, de las Obras póstumas, las líneas que son relativas al primer ayudante salino y que arrojan una luz viva sobre la intención de los trabajos del Libro mudo:

»”Respecto a todo lo que los Filósofos dicen de sublime del Nitro es cierto, es necesario al mismo tiempo convenir que entienden hablar de un nitro aéreo, que es atraído en forma de sal más blanca que la nieve, por la fuerza de los rayos del sol, y de la luna por un imán que atrae el espíritu invisible; es la magnesia de los Filósofos, y el agente en el que componen su disolvente, o mercurio filosófico, que abre el mixto hasta su centro, por tener este fuego puro que es el alma, y el principio de la vida y de las acciones de todas las cosas; que es de alguna forma la llave que abre las puertas secretas para descomponer el mixto y reducirlo a su primer principio”».

Cristal de KNO3 al microscopio polarizado

La lectura de Grimaldy se hacía necesaria, en cuanto que auguraba importantes confidencias, algunas de ellas ya resonaban en mi mente después del aviso de Canseliet y el recuerdo del saludo de los estudiantes de la escuela politécnica de París (l’X) al que se había referido Fulcanelli en sus Moradas Filosofales: S X KOH, «lo cual se anuncia, en su jerga bien interpretada, como “azufre y potasio por la X”. La X es el emblema de la medida (metron) tomado en todas sus acepciones». Estos elementos reunidos recuerdan a una vía de síntesis del nitro, que se obtiene mediante reacción de la potasa cáustica con ácido nítrico, de manera que KOH + HNO3 = H2O + KNO3. Si se aplicara ácido nítrico sobre sulfuros metálicos (metal-S) se obtendrían vitriolos, es decir, sulfatos metálicos, compuestos solubles en agua a diferencia de lo habitual en óxidos o sulfuros metálicos, por lo que resultan aptos para trabajar en fase acuosa. Por su parte, el ácido nítrico se denominaba agua fuerte, espíritu de nitro o ácido azótico, y se obtenía calentando salitre (nitro, KNO3) en presencia de vitriolo azul (CuSO4), un bucle de síntesis que servía para obtener sustancias puras a partir de materias primas vulgares y contaminadas: caliches, cenizas, orines, etc.

En este mismo párrafo de la Moradas Filosofales donde se diserta sobre el valor cabalístico de la X, se hace mención a la palabra patria en su sentido de «familia, raza, tribu» y la X como lugar de asentamiento de los nómadas, es decir, de los que van de un lado a otro sin hogar: La croix des romanichels ou gipsies indique donc nettement le lieu de refuge affecté à la tribu, «la cruz de los gitanos o gipsies indica entonces claramente el lugar de refugio asignado a la tribu». No traduzco gipsies, gitano en inglés, porque no es una palabra francesa y cuya lectura también resultaría llamativa a un francófono, un barbarismo inusual en Fulcanelli e innecesario para el sentido de la frase. Quizá sea un aviso sobre su valor cabalístico, ya que gypsos significa yeso en griego, de donde procede el gypsum latino. El yeso o aljez es sulfato de calcio hidratado, CaSO4·2H2O, una nueva llamada de atención sobre la estructura tetraédrica del grupo sulfato. Al mismo tiempo resuenan en nuestra mente el propio nombre de Egipto y uno de sus animales sagrados, el buitre, gyps, que forma parte los símbolos del faraón junto con el uraeus. De esta forma, el faraón portaba la serpiente y el buitre como pareja protectora y de poder.

Sin embargo, más allá del hallazgo del nombre propio de algún reactivo o de la descripción de un régimen de trabajo en concreto, de la obra de Grimaldy lo primero que me fascinó fue su concepción de la materia y la vida, tan ancestral como moderna. Comenzaré en este primer acercamiento a la obra de Grimaldy con un comentario sobre su primer capítulo:

En el que se da una idea de aquello en que consiste la vida, la salud y lo que causa la enfermedad

La vida no es otra cosa que la acción primera del espíritu puro, que está compuesto de una porción de la luz celeste, o de los elementos superiores, y de una porción de la parte más sutil de los elementos inferiores.

Este espíritu es doble; de un lado fijo, que se asienta en el centro de cada parte integrante del compuesto, y que es el principio del movimiento y de la acción, este es el fuego central, fuego innato, fuego de la naturaleza; de otro lado es volátil, que se extiende hasta los límites de las partes, que las mueve y las anima como un instrumento en el que el espíritu fijo se sirve para comunicar su acción. Este espíritu volátil sirve también para mantener, o alimentar el espíritu fijo. Estos dos espíritus unidos forman lo que llamamos el húmedo radical, y son los principios y el sostén de la vida y la salud. Cuanto más abundantes y evidentes son estos espíritus, más fuerte es su acción y, en consecuencia, más se prolonga la vida y se conserva la salud.

Así como el espíritu fijo necesita estar mantenido y nutrido por el espíritu volátil, el espíritu volátil también necesita proveerse por otro espíritu similar, que reemplace aquello que disipa continuamente. Esta disipación es más o menos grande según la calidad y la cantidad de las acciones del compuesto. De aquí procede la necesidad indispensable de los alimentos de donde estos nuevos espíritus reparadores son extraídos. Se puede juzgar por ello la importancia de la elección de los alimentos y que se necesita que su preparación sea perfecta (hablo de su preparación interior) para la conservación de la vida y la salud.

El mar es el cuerpo. Los dos peces son el espíritu y el alma. De lapide philosophico, Lamspring, s.XVI, (reproducción del Musaeum Hermeticum de 1625)

La debilidad y la enfermedad no tienen otra causa que los excrementos que se forman en nuestro cuerpo, ya sean procedentes de los alimentos que tomamos, sea del aire que respiramos. Las diferentes cualidades de estos excrementos, su cantidad y las diferentes partes del cuerpo donde se forman, hacen la diferencia entre nuestras enfermedades y sus diferentes grados.

La formación de estos excrementos en nuestro cuerpo es inevitable, ya que todos los alimentos que tenemos a nuestra disposición están repletos; solo se trata de cual más, y de cual menos; y no es sino por la acción de los espíritus que los excrementos se separan de lo puro y son expulsados del cuerpo.

Esta separación y esta expulsión se hace mediante diferentes cocciones que se realizan en las diferentes partes de nuestro cuerpo. De esta manera hay diferentes excrementos, porque hay diferentes cocciones. Hay excrementos del ventrículo, los del hígado, de la hiel, del bazo, de los riñones y de la vejiga, del corazón y del pecho, del pulmón, de la cabeza y del cerebro, etc.

Todos estos excrementos no son otra cosa que las porciones de los alimentos que, después de las diferentes cocciones, no pueden tomar la naturaleza de nuestro cuerpo, siéndoles heterogéneas, y por esta razón son separadas por la acción del espíritu de las partes homogéneas, que son las que solamente se convierten en nuestra sustancia.

Conociendo el principio de la vida y la fuente de la salud, habiendo mostrado la causa de las enfermedades y aquello que las forma y mantiene, no es difícil de conocer los remedios y de juzgar las cualidades que deben tener, las virtudes y las preparaciones que les son necesarias, es lo que demostraremos más particularmente a continuación.

Pero como las enfermedades a las que nuestro cuerpo está desagraciadamente sometido son casi infinitas, en número y en calidad, esta sería una obra de una extensión inmensa, si se tuviera que razonar en detalle todos los remedios particulares. Por ello nos bastará decir al respecto dos cosas; la primera, que como todos nuestros males vienen de la combinación de las partes heterogéneas con las homogéneas y de la falta de equilibrio o de proporción de los elementos requeridos para cada compuesto, se podría tener un remedio que, poniendo nuestro cuerpo en esta proporción, se haga la separación requerida, bastaría para todos los casos. Pero la dificultad de tener este remedio universal esta tan grande, la depravación del género humano tan considerable, que retrae a los verdaderos adeptos de manifestarse. Además, la mayor parte se aplica a esta ciencia todo divina por motivos humanos y unos principios codiciosos, motivos diametralmente opuestos a esta ciencia, lo que nos proponemos hacer ver en una obra que ofreceremos pronto al público. Así nos contentaremos con dar algunos remedios particulares y daremos preferencia a aquellos de M. de Grimaldy, como los mejores que conocemos.

La segunda cosa que vamos a decir aquí, y que es la última en importancia:

1°. Que solo se puede extraer un buen remedio de sustancias puras o de aquello que es puro en las sustancias.

2º. Que lo puro es lo que es homogéneo a la naturaleza del compuesto.

3º. Que se debe buscar principalmente la parte espirituosa.

4º. Que el agente del que se sirve para extraer esta parte pura, debe ser él mismo puro, de otra manera la corrompería. Debe ser vivo, penetrante, conservador, debe ser todo fuego, pero un fuego vivificante, activo, no ardiente ni destructor; el remedio debe ser lo opuesto a aquello que causa nuestra enfermedad; debe ser el destructor, pero al mismo tiempo el conservador de aquello que hace nuestra salud y nuestra vida.

Lo que acabamos de decir sobre lo que constituye la vida y la salud y sobre lo que engendra las enfermedades, debe bastar para dar una idea general de todas las causas y ayudarnos a meditar y reflexionar seriamente sobre estas mismas causas para encontrar el medio de remediar aquellos que nos son perjudiciales.

Ritual del “Pesado del Corazón” por parte de Anubis, Sortilegio 125 del Papiro de Ani Libro de los Muertos.

En primer lugar, como ya desarrollamos tanto en El rastro del dragón como en La estrella de Tartesos, la vida es una medida del grado de resonancia de un cuerpo con la Quintaesencia. Nuestro Universo es un sistema coloidal trifásico en el que coexisten la Quintaesencia, un estado intermedio quasiquintaesencial y el Cosmos. Cuando nuestra materia cósmica logra resonar con una porción de la fase intermedia, esta porción quasiperfecta queda asociada a este cuerpo cósmico hasta su disgregación en lo que frecuentemente se ha denominado alma. El cuerpo bruto fue llamado por los egipcios dyet, la porción quasiperfecta ajena al cuerpo sahu, la porción fija del cuerpo en resonancia ba y una porción más volátil, dependiente de la actividad fisiológica del cuerpo, ka. La unión del ba y el ka compondría el akh o cuerpo luminoso que aspira alcanzar el difunto tras la muerte.

Esto es, con otras palabras, lo que explica Grimaldy en el inicio de su discurso, que la vida está ligada a un espíritu puro, celeste, presente en el cuerpo y cuya naturaleza es doble. Por un lado describe un fuego fijo central, anclado a la estructura del cuerpo, como el ba, y por otro lado menciona un espíritu volátil similar al ka que, unido al fijo, constituyen el húmedo radical.

El espíritu fijo, el ba, está asociado a la estructura básica del cuerpo, a su genética, consistiría en la estructura resonante del ADN. Pero el ka está vinculado a la actividad fisiológica, por lo que debe ser mantenido, nutrido, por elementos extraños al cuerpo y que van a incorporarse a él al tiempo que renuevan el ba. Esto hace que el ba permanezca asociado al cuerpo tras la muerte, pero que el ka se volatilice, de ahí que los egipcios lo representaran alado. Por lo tanto, la introducción de elementos externos con diferente nivel de resonancia con la quintaesencia alteran el equilibrio resonante del cuerpo en cuanto que afectan al ka y, por consiguiente, modifican su vitalidad. Es de ahí que Grimaldy considere que la enfermedad va a estar directamente relacionada con la capacidad de conversión de los alimentos que realiza nuestro metabolismo para acomodarlos a un nivel de resonancia elevado con la quintaesencia; de manera que los residuos y cualquier otro material que se acumule inadecuadamente en nuestros tejidos, son la fuente del deterioro progresivo de la salud.

Este discurso es muy antiguo, ya Hipócrates de Cos (s. V–IV a.C.) recomendaba que «la medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina». Por otro lado, es también un argumento muy actual defendido firmemente por muchos médicos y nutricionistas que persiguen un concepto de salud apegado al hábito cotidiano más que al medicamento, como Odile Fernández o Josep Pàmies, que llegan a asociar el abuso reiterado de ciertos alimentos con enfermedades de diferente índole y a la inversa, que el consumo de alimentos saludables concretos pueden servir de remedio y prevención de dolencias graves. Lo interesante de la tesis de Grimaldy es que plantea una responsabilidad combinada entre el alimento y el consumidor, y que la solución a la enfermedad pasa por eliminar las partes disonantes con la quintaesencia por excreción o por transformación de los residuos.

En esta línea, y debido a que la enfermedad se produce por una pérdida del estado resonante en alguna parte vital del organismo, Grimaldy explica que la falta de equilibrio podría ser solucionada de manera general por una sustancia con un gran poder de inducción quintaesencial que rectificase dicha desviación. Este remedio universal sería la Piedra Filosofal, cuyo sistema de actuación sobre el organismo rara vez se encuentra descrito con tanta claridad en ningún texto. Una claridad que la hace racional y la condensa en una realidad posible. La Piedra no es por lo tanto una entidad abstracta generadora de milagros, sino una sustancia física con una propiedad determinada y sensata. La curación se realiza por reparación del ba y del ka, es decir, por restauración del ADN fatigado por las sucesivas copias y el crecimiento de sus telómeros y por la recuperación del tono resonante de los tejidos por la eliminación de las interferencias provocadas por los depósitos de toxinas.

Pero su descripción de la materia no termina ahí. Después de ciertos análisis particulares sobre algunos metales y algunas recetas de indudable valor práctico, Grimaldy termina su tesis con un breve ensayo muy esclarecedor sobre su concepción de la materia que procedemos a extractar:

Discurso hermético sobre la materia y el disolvente

[…]

Para saber de qué materia se han servido los Filósofos antiguos para la confección de su piedra, es necesario conocer la naturaleza en general y en particular, y saber cómo trabaja, sin esto no se puede alcanzar el fin que se propone.

Athanasius Kircher, s.XVII

Pero para comprender bien lo que es la naturaleza general y particular hace falta 1º remarcar que nada actúa en el mundo si no es por ella 2º que es un espíritu invisible, oculto en todos los cuerpos, sea en la materia universal, sea en cada materia de cualquiera de los tres reinos, 3º que los elementos son la materia primera de la que están hechas todas la cosas del mundo, y que es este espíritu el que hace mover todos los cuerpos, para que sea universal en la universalidad, especificado en cada cosa determinada, es la semilla, es el alma del mundo al que pertenecen los cuatro elementos, o la materia determinada que sirve de vaso, es esta materia preciosa, a la que los Filósofos han dado tantos nombres; unos la llaman su mercurio, otros el espíritu o la quintaesencia, otros el agente universal, naturaleza única, fuego natural, naturaleza celeste, espíritu de vida, luz, virtud intrínseca, gran tesoro, influencia de los cielos.

[…]

Debemos persuadirnos de que los cuatro elementos son un vasto océano del que surgen diversos arroyos y ríos, de los que todas las cosas del mundo son hechas, así como ha sido dicho.

«Todas las cosas toman su origen de esta fuente y nada nace en este mundo que no sea de esta fuente universal» Cosmopolita.

Los minerales son formados inmediatamente por la intervención de los tres principios y por la acción que los elementos hacen los unos sobre los otros y así es como se engendran.

Este espíritu universal siendo excitado por el calor que le es interno, hace mover el elemento del fuego que por su naturaleza actúa sobre el aire; de aquí se engendra el azufre, el aire actúa sobre el agua, engendra el mercurio y el agua actúa sobre la tierra para engendrar la sal, que suponen los tres principios que luego engendran el esperma o materia primera de los metales, puesto que los metales y todos los otros reinos, tienen por materia primera los cuatro elementos y los tres principios. Los cuatro elementos son la materia alejada y los tres principios la materia próxima. Pero hace falta concebir que son solo materia primera, de las primeras materias; el agua simple, que contiene los cuatro elementos y los tres principios, sal, azufre y mercurio, es el mercurio de los mercurios.

Hace falta también saber que primero que las cuatro cualidades elementales son alteradas y que han dado un paso fuera del estado de su simple conmixión, a partir de entonces son los tres principios universales y por consecuencia no son más llamados elementos sino sustancias elementales o principios generadores, formados por la naturaleza para entrar en los tres reinos. Cuanto más se rarifica el agua, más se desprende de los cuerpos que no son naturales, ya que ella es simple, más próxima al estado de la creación y en cuanto se convierte en aire, comienza a entrar en el abismo de la nada de donde salió.

En esta rarefacción del agua los cuatro elementos, o para explicar mejor este sistema, las cuatro primeras cualidades que ella contiene se encuentran confundidas, y en reposo, así como al comienzo de su creación en la humedad que debe ser llamada húmedo radical, ya que es la raíz de todas las humedades y el mercurio de los mercurios en el que la naturaleza comienza a moverse y a alojarse.

Es de este húmedo radical que todas las partes esenciales de todos los mercurios y de todas las cosas que hay en el mundo están hechas, y esta materia hace crecer y nutre todo lo que tiene el crecimiento y la nutrición.

Tocando esta primera parte general, me atrevo a decir que no hago ninguna diferencia entre todas las aguas que vemos en la naturaleza en cuanto a la materia; todas las aguas de pozos, ríos, fuentes, estanques, de lluvia, del rocío son de una misma materia y de modo que se entienda mejor, hace falta considerarlas todas como un cuerpo homogéneo y como el menstruo que la naturaleza tiene en diferentes reservas para usar según sea necesario. Sin embargo el rocío es preferible a cualquier otra más particularmente como si estuviera enriquecido de virtudes astrales y de influencias celestes.

[…]

La Anunciación, El Greco, 1576

«Quien ignora los principios naturales de la Filosofía está muy alejado del conocimiento de nuestro arte y no posee la verdadera fuente sobre la que fundamentar su juicio y apoyar sus sentimientos» Geber.

Toda la Filosofía consiste por lo tanto en el perfecto conocimiento de esta doble raíz, o fuente de los elementos, en este espejo vemos toda la naturaleza al descubierto.

«El agua me parece visiblemente un espejo en el que considero toda la naturaleza al descubierto» Cosmopolita.

Me parece que esto basta para dar a conocer que el agua simple posee los tres principios de todas las cosas, que ella es una materia homogénea, es decir que no tiene partes disimiles en sí.

Que contiene los otros tres elementos inseparablemente, que debe tener otras cualidades además de ser fría y húmeda, que son propiamente aquellas del centro, y que los tres principios la hacen quintaesencia.

En este momento no hay ninguna otra cosa a considerar más que la materia del agua es verdaderamente el esperma del mundo, pero que nos sería inútil si no contuviera una semilla general y universal.

«Un espíritu sutil y penetrante, podría descubrir varios milagros de la naturaleza en el elemento del agua como en la semilla: pero haría falta considerar esta semilla; en el sujeto imaginado, como una semilla que recibe sus fuerzas por la influencia de los astros» Cosmopolita.

Es decir, una semilla de los astros de una cierta fuerza y virtud.

He dicho que todas las aguas que hay aquí abajo en diferentes reservas y aquellas que vienen del cielo son de una misma materia, y el menstruo del mundo, sin embargo hay una diferencia no solo en eso de que sean más sutiles y más abundantes en sustancias particulares específicas que las otras, sino también en que han recibido en su rarefacción las influencias celestes, mayores o menores, y esta virtud astral que da la vida a todas las cosas, hace principalmente la diferencia de las aguas, ya que la mayor parte de ellas de las que hay por aquí abajo son aguas muertas, respecto a aquellas que son elevadas al cielo.

Danae y la lluvia de oro, Léon Comerre, 1908

«El cielo y las estrellas influyen una virtud formativa, porque el cielo es el principio de movimiento que hace que la naturaleza actúe, cuando la lluvia cae del cielo, recibe del aire esta fuerza de vida para comunicarla» Raimundo Lulio.

Las aguas que vienen del cielo, habiendo contraído alguna virtud, deben ser consideradas las más excelentes para disfrute.

Las lluvias son engendradas por vapores groseros pero el agua celeste procede de un vapor sutil, elevado en un tiempo sereno, sin violencia por los rayos del sol en una estación templada, para ser reducida y convertida en aire, por la previsión de la naturaleza, a fin de que siendo librada de todas las cualidades extrañas que podría haber contraído aquí abajo, sea capaz de concebir sin contrariedad en esta rarefacción, todas las virtudes astrales, principalmente aquellas del sol, fuente de la vida, que vierte en su seno más profundo, sus divinas influencias; luego por la noche, suavemente condensada por la frialdad de la luna, cae imperceptiblemente a medida que sube; al final se recoge en sí misma, se presenta a nuestros ojos impregnada de esta virtud astral, invisible, que es el alma del mundo y el espíritu universal en el que el sol es el padre y la luna la madre y el aire la ha llevado en su vientre.

Decimos entonces que el agua es la materia, es el espíritu invisible, la forma.

[…]

Chymischer Mondenschein, de Christian Friedrich Sendimir von Siebenstern, Frankfurt 1739

De este extracto del texto de Grimaldy convendría destacar más que el hecho de una materia en concreto, la importancia de la signatura de la materia. Es decir, tan importante es la materia elegida como la manera en que se presenta, su forma, su geometría, su capacidad de resonar con la fase quintaesencial que va a conferir su verdadera naturaleza excepcional como fuego natural. Es por lo tanto la actuación de este espíritu invisible lo que hay que buscar sea cual sea la materia sobre la que se pretenda exaltar su influjo. Habrá unas materias más propicias que otras, diferentes vías, pero sin la actuación de este principio universal todo será en vano.

Como hemos afirmado en otras ocasiones, mientras que la Física estudia las interacciones de las partículas y las fuerzas fundamentales de la materia, la Química estudia las interacciones entre los electrones de la capa de valencia de los átomos, mientras que la Alquimia estudia la interacción de la materia cósmica con la quintaesencia. La Alquimia no es prequímica ni farmacopea, no es un saber precursor ya superado, es una ciencia con un objetivo diferente al resto si bien se valga de procesos comunes a las demás. Sin tener esto en cuenta no se puede entender ni la Gran Obra, ni lo que ocurre con la materia durante la operación, ni qué es la Piedra Filosofal.

El conocimiento de este principio universal conduce a la comprensión del origen y destino de Universo, el sentido de la vida en el mundo y las posibilidades de la naturaleza. Esta es la única manera de alcanzar el entendimiento de la Gran Obra, de aprender a distinguir la función de cada materia y su forma de actuación en la vía elegida, ya que las operaciones de los alquimistas son diferentes a aquellas de los químicos; de ahí que los que ignoran esto, suelan acabar perdidos entre matraces y retortas.

Saulo Ruiz Moreno
6 de enero de 2019
Transcurrida media lunación, se manifiesta el azufre solar.

 

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